El joven actor, que nació en el campo sin acceso a electricidad, hoy conquista el cine chileno con su papel protagónico en ¨Perro Bomba", en exclusiva con Sábado, Steevens cuenta cómo ha sido esta aventura que partió cuando a los seis años vio por primera vez una televisión.

Por Clara González y Francisca Giroz

Es la noche de la avant-première de Perro Bomba y se abren las puertas del Cine Arte Alameda. Van llegando millenials que lucen looks producidos y posan frente a las cámaras de sus celulares: cueros, encajes, piercings, cabellos de colores. Son las 20:30 de un miércoles de octubre y en una hora se estrenará Perro Bomba, la primera película del cine chileno que aborda el tema de la inmigración haitiana en el país. Con un gran componente autobiográfico de la vida del propio Steevens Benjamin, el film narra las peripecias de un joven haitiano recién llegado: trabajar en la precariedad, jefes explotadores, vivir en piezas insalubres o en la calle, ser víctima de la xenofobia y la discriminación.

Juan Cáceres, el joven director que esa noche estrena su opera prima, evita los focos, detesta los eventos sociales. Con una mezcla de timidez y orgullo, señala: “Trabajar con Steevens hizo que todo fuese fácil y fluido, es una persona genuina y transparente. Él ama actuar, lo pasa súper bien y esa energía se traspasa. Cuando estamos en escena con él, se crea una atmósfera muy distinta a lo que suele ser la metodología de trabajo en un rodaje, más agresiva, más seria”.

Sobre su rol en el propio devenir de la película, explica “nosotros partimos creando el personaje de Steevens, que finalmente es una ficción, pero lo hicimos usando su vida real. Todo comenzó cuando empezamos a documentar un poco de su vida: fue tan esencial que se modificó la idea original. La base es la realidad de Steevens, su casa, sus amistades, su trabajo, sus compañeros. El largometraje, financiado mediante crowdfunding, se prolongó por casi dos años: meses de rodaje intermitente, en que circunstancias como la falta de recursos obligaban a interrumpir las grabaciones, transformarlas, e incluso, armarlo todo de nuevo.

Entre los asistentes al pre-estreno, está el actor Erto Pantoja, parte del elenco, quien afirma: “La película tiene un excelente protagonista. Steevens es una persona muy delicada, muy sutil, con mucho sentido del humor. Es entrado, con propiedad, con su belleza física, su impronta, su suavidad, su talento como actor”.

Tan solo media hora antes de que empiece la función, finalmente aparece en escena la estrella de la noche, Steevens Benjamin. Aunque intenta ser discreto, nada puede evitar que todas las miradas se vuelvan hacia él y su figura de casi 1,90 de altura. Viste una polera blanca, radiante, que contrasta con su piel negra. En su cuello, una cadena de plata brillante. Steevens irradia luz y magnetismo: todos le piden fotos, selfies, cuñas. Está nervioso, pero logra dominar la situación y apropiarse de sus gestos y de su cuerpo. Pasa al photocall, las cámaras empiezan a disparar y él va entrando en confianza. Llega el resto del equipo, sus amigos haitianos, compañeros de rodaje y posan todos abrazados. Aplausos, fotos, euforia colectiva.

“Estoy muy feliz y nervioso también. Fueron muchos meses de trabajar con un gran equipo que me hizo sentir en familia, eso fue lo más importante de Perro Bomba, comenta Benjamin, y se retira a compartir con sus amigos y familia que han venido a acompañarlo. De pronto, todos los asistentes pasan a la sala de cine, que se repleta en cuestión de minutos, mientras parte del equipo sigue sacándose fotos. Empieza la película y muchos tienen que entrar ya a oscuras, buscando un lugar en el suelo donde sentarse. Cuando, después de una hora y media termina el film, el público se funde en un largo aplauso.

 

Steevens Benjamin nació hace 23 años en Kap Ayisyen -Cabo Haitiano en español, Cap Haïtien en francés- una de las ciudades más conocidas de Haití, sede de diversos acontecimientos históricos cuando españoles y franceses se turnaban el dominio de la isla. Aunque nació en el centro de la ciudad, en el departamento Haut-du-Cap, pronto se trasladó al campo para vivir con su abuela: “A mi mamá no la conozco. Cuando empecé a tener conciencia, llamaba mamá a mi abuela, por eso no puedo decir de dónde vengo. Mi padre tenía solo 20 años cuando yo nací y tuvo que emigrar a República Dominicana. Venía a visitarme cuando podía, me traía regalos, pero en ese tiempo no teníamos mucha relación” recuerda.

“En el campo no tenía televisión, ni electricidad; usábamos velas, lámparas. Uno planchaba con un fierro al que le echaban carbón adentro. Uno cocinaba con tres piedras, esas cosas que acá son antiguas, en Haití era lo normal”. Cuenta que su abuela le enseñó todo lo importante: “También a buscar agua, íbamos juntos cada uno con un cubo en la cabeza para hacer los trabajos de la casa. Me repetía que tenía que aprender a arreglármelas solo porque algún día ella no iba a estar”.

De niño no le gustaba ir a la escuela, dice que iba por obligación y que nunca fue bueno en ninguna materia: “Solo en deporte me defendía, y en historia, que me encanta, me fascina que me hablen de historia”. Para llegar, caminaba 45 minutos diariamente, jugando, pensando, pateando piedras o cortando la maleza. “Aún no pensaba en ser actor. Si eres malo en la escuela, te dicen que no vas a ser nadie en la vida, y eso creía”.

Cuando llegaban las vacaciones escolares, viajaba a la ciudad para visitar a otros familiares. Recuerda que una de aquellas le impactó profundamente: “Viajé para ver a mi primo, el que sale en la película y me llevó a casa de un amigo. Me quedé mirando y pregunté  ‘¿qué es eso?’ y me responde ‘televisión y nos sentamos a ver monitos. Me acuerdo que pasó un monito de un lado a otro de la pantalla y yo preguntaba ¿dónde está? y como era una tele grande, con una caja gigante, fui a buscarlo ahí detrás. Aquello me pareció fantástico, no lo pude creer”.

Después de aquel episodio, Benjamin solo tenía un propósito: “Le pregunté a mi abuela que por qué no teníamos ese aparato que ellos tenían y me dijo que era complicado, ni teníamos luz. Pero con el tiempo los televisores fueron llegando a los pueblos. Veíamos películas y luego las imitábamos: Hollywood, vainas de guerra, Power Ranger y Batman, mi personaje favorito”, recuerda.

“Lo que mostraban en la televisión era muy distinto a nuestra vida, en las películas de adolescentes nunca había negros. Nosotros teníamos la fantasía de estar ahí, haciendo lo mismo que ellos, ir a esas fiestas. Pero en el campo nada era así, en Haití son muy religiosos y un joven de 18 años no puede ir a una disco así, no fuman, o fuman pero la mamá no sabe”.

Cuando su abuela murió, Steevens emigró a República Dominicana para vivir con su padre y su nueva familia, allá conoció a sus hermanos y a la esposa de su padre, fue a la escuela, y aprendió español con sus nuevos amigos dominicanos. Juntos jugaban a fabricar cámaras de cine con los tubos de papel higiénico y replicar escenas como las que veían en la televisión. Su padre, que se ganaba la vida pintando cuadros para los turistas, nuevamente se vio forzado a emigrar. “Así es para los haitianos, uno siempre tiene que emigrar”, reflexiona. “Me dice Chile, y yo pensé ¿a dónde está eso? En mi casa no había mapas, pero en la escuela donde estudiaba si había uno, dibujado, así que fui a ver dónde quedaba Chile y ahí buscando, vi el último punto ahí dibujado y pensé ¡coño, ahí tan lejos se va!”.

Triste porque su padre volvía a marcharse, Steevens se consoló en la promesa de que le traería a Chile en cuanto pudiera. Después de un año de espera, un día lo llamó su papá, Mariano Benjamin: tenía todos sus papeles listos y un pasaje de avión para Santiago de Chile. Los días previos a la aventura, Steevens no pudo comer ni dormir de la emoción. Viajó a Haití para embarcarse a Chile vía Panamá.

“El vuelo fue una locura para mí, cuando subí había muchos haitianos, rezando. Cuando el avión tomó altura y me pude levantar para ir al baño, justo giró hacia un lado y me asusté. La gente me estaba mirando y pensé que el avión se giraba por mi peso así que me senté y no me levanté más hasta Panamá. Luego empezaron las turbulencias y yo solo podía pensar en las películas de aviones que se caen”, comenta Steevens entre risas.

En septiembre del año 2012, Steevens aterrizó en Santiago. Cuando, en la zona de inmigración del aeropuerto le interrogaron por el motivo de su estadía, respondió que venía para estar quince días por Fiestas Patrias. Le preguntaron si venía con alguien y dijo que su padre lo estaba esperando fuera. “Eran las cuatro de la mañana, hacía un friazo. Y yo, que venía con polerita, ya tú sabes, con el flow, sentí el viento como ‘buuuum ¿qué es eso?’ Mis dientes temblaban, era como estar dentro de una nevera. Mi papá me había enviado plata para comprar chaquetas pero yo la gasté en poleras y vainas porque allá no vendían eso, el frío allá es leyenda. Escribí a mis amigos y les conté que aquí hace frío, nieva y tengo que usar guantes. No lo podían creer. Pero en todo caso fue fascinante, algo desconocido, y a mí me gustan las experiencias nuevas”, expresa.

Se instaló en la pieza donde vivía su padre en una casa de Estación Central en la que también arrendaban otros hatianos, colombianos, dominicanos, bolivianos y peruanos. En seguida buscó trabajo y se inscribió en una escuela para adultos en horario nocturno donde cursó la enseñanza escolar básica a través del sistema 2×1.

Tal y como se muestra en la película Perro Bomba, Steevens encontró trabajo en la fábrica hormigonera Timbercret a través de unos compatriotas. Jorge Fuentes, su jefe, recuerda que en cuanto llegó, empezó a trabajar duro, destacando por encima del resto de los trabajadores, aspirando siempre a algo más. “Él es humilde, respetuoso, muy buen compañero, de comportamiento excelente. Si tuviera que dar recomendaciones por escrito tendría que tener un cuaderno de cien hojas, porque es una persona completa y muy divertida, alguien que quiere y se hace querer”.

En ese tiempo, Benjamin se despertaba cada día a las 6 de la mañana para trasladarse a Lo Espejo y empezar a las 8 puntual su jornada laboral, fabricando hormigón rústico. “Salía a las 6 de la tarde y a las 7:30 entraba a la escuela. Llegaba a mi casa y cocinaba la comida para llevar al trabajo al día siguiente. Era durísimo, aguanté un año y me aburrí”, cuenta y agrega que no le gusta estar sentado en casa, después de un mes quería volver a trabajar.

Su padre, que entonces trabajaba arreglando el aire acondicionado de los buses en el Terminal Sur de Santiago, le consiguió un puesto como auxiliar de viaje, lo que le llevó a recorrer Chile, desde Coquimbo a Puerto Montt. “De todos los lugares que conocí, lo que más me gustó fue un pueblito llamado LLay-LLay, porque me recordó mi vida en el campo en Haití, fue muy emocionante”.

Después de las vacaciones escolares buscó un trabajo que le permitiera seguir yendo a la “Escuela del Cariño Ricardo Navia”, en Estación Central, y empezó a trabajar en las boleterías del Terminal Sur.

Él no sabía que uno de esos días cambiaría su vida. Ahora lo recuerda como algo decisivo. “Un día, trabajando en la boletería del terminal me quedé mirando la lluvia. Siempre que llueve salgo a mirar, me encanta, incluso para dormir pongo videos de lluvia, me lleva a mi infancia. En ese tiempo estaba ahorrando para comprarme una cámara profesional y por eso me fijé en un tipo que estaba grabándome y lo encaré. El tipo, que no quiere que diga su nombre, era un estudiante de cine a quien le había llamado la atención la imagen de todas las boleterías y yo siendo el único negrito. Como yo me interesé por su cámara, me preguntó si quería actuar, le respondí que sí y le di mi contacto”.

Pocos meses después, cuando Steevens ya se había olvidado de aquel episodio en el terminal, le sonó el celular: era el director de teatro Marcos Guzmán ofreciéndole participar en su primer casting.

Pronto empezarían los primeros ensayos en el Teatro de la Memoria para presentar la obra Trabajo Sucio en el Festival Santiago a Mil.

Para poder compatibilizar con ensayos y escuela volvió a la hormigonera. “Como había trabajado bien, lo recontraté con el propósito de que él pudiera seguir estudiando en las tardes, le permitía salir horas antes de su horario habitual. Y así fue forjando su vida, que ha sido dura”, recuerda hoy Jorge Fuentes.

“El primer día de ensayo -de la obra- estaba muy asustado, me pasaron un guión y yo me preguntaba cómo iba a poder aprenderme todo eso. Cuando los directores cachaban que no podía, modificaban el guión, hasta que decidieron que yo improvisaría hablando en créol al comienzo”, recuerda Bejanmin.

Fue en esos ensayos donde conoció al actor Alfredo Castro, quien se le acercó hablando en francés. Pronto se convertiría en una especie de mentor, ayudándole además a gestionar una beca para un curso de actuación frente a cámara en una de las escuelas de más prestigiosas del país. Castro comenta vía telefónica que vio a un tipo tremendamente talentoso con quien trabajar fue “maravilloso”. “Luego de compartir papeles en Trabajo sucio conseguí que fuera a la escuela de Roberto Matus y ahí tuvo una formación a la que respondió muy bien. Después vino la película y lo hace notable”.

El día de su primer estreno, Steevens llevaba noches sin dormir. “Todo era nuevo para mí, me acuerdo que los actores decían mierda mierda y yo no entendía nada”, ríe. “Después de haber ensayado tanto, cinco meses, cuando vi que el teatro estaba llenísimo mi corazón hacía bum-bum”, recuerda apuntando a su pecho.

Aquella obra le abrió algunas puertas: teatro, comerciales, roles secundarios y de extra. Benjamin tomó cada oportunidad que se le presentaba, estaba dispuesto a todo lo que tuviera que ver con su pasión y así se lo hizo saber a todos sus cercanos. Con la ayuda de Alfredo Castro, protagonizó un videoclip de Denver, el primero de varios. Pronto dio el salto a la televisión, figurando en las teleseries La Colombiana y La Reina de Franklin. Mientras tanto, su jefe, Fuentes, asombrado por la motivación de Steevens, le daba permisos y facilidades para ir a los castings y los ensayos. Intuía que aquel chico tenía futuro en el mundo de la actuación. “Un día le llamaron para hacer el casting para una película y al regresar me dijo: papá me fue bien, voy a triunfar”, dice Fuentes.

Al poco tiempo y ante la imposibilidad de trabajar en el cine y en la fábrica simultáneamente, Bejamin tuvo que optar por un camino. Después de pensarlo mucho y pedir consejos, se decidió por el sueño de su vida. “En un principio mi papá no lo entendió, me decía ¿Cómo lo vas a dejar? ¿Te vas a poner flojo? Pero cuando algo así está en tu mente ya nada te va a parar, y cuanto más la gente me decía que no, con más razón lo quería hacer”.

Perro Bomba es una palabra vinculada al coa (lenguaje carcelario) para describir a alguien que está a tu disposición, perkin, carne de cañón. “Elegimos ese nombre como metáfora para decir que en Chile muchos migrantes son tratados así, injustamente culpabilizados. Hay ciertos problemas que venimos arrastrando hace décadas, como la salud, la educación, el trabajo, pero ahora empezaron a decir que es culpa de los migrantes; además queríamos un título con repercusión en las periferias de nuestro país”, explica Cáceres, director del film. Cuando terminó sus estudios de Cine en la Universidad de Chile, se centró en el género documental. Explica que la idea de la película nació cuando se percató de la diversidad que estaba surgiendo en Santiago: “Me marcó darme cuenta que había mayor discriminación en los sectores populares; me dolió ver que el pueblo chileno, que siempre fue súper solidario, ahora estaba poniendo condiciones, sin compartir la solidaridad con los extranjeros”.

En la búsqueda de un actor protagonista, afrodescendiente sin formación actoral, llegó el dato de Steevens. “Lo citamos al casting y en un comienzo no quería venir; estaba en un momento de frustración con la actuación, trabajos en que apenas le pagaban. Creo que llegó porque se confundió con otro casting”; comenta Juan Cáceres, quien inmediatamente seleccionó a Steevens. “Además de que su apariencia es súper atractiva, lo que más me llamó la atención fue su parsimonia, la calma, el dominio de su corporalidad. En concreto, la manera en que él pestañeaba: lentamente, sintiendo la escena, alejándose del contexto”. Dos meses después, el equipo inició la campaña de crowdfunding y en seguida empezaron a grabar.

Steevens, que en ese momento tenía 19 años, era alguien muy distinto a hoy, cuenta Cáceres. “En República Dominicana, un país ultra capitalista, existe la figura del tiguere, el macho alfa, apasionado, muy bueno en todo. Él no lo era, porque es una persona demasiado sensible, pero hablaba sobre eso. Yo le preguntaba cuál era su sueño y él me respondía ser millonario, tener un auto gigante”. Después dirá que admira su humildad y su capacidad de aprender y de recoger nuevas identidades. “Está cumpliendo su sueño sin transar su identidad”.

La actriz Blanca Lewin, compañera de reparto en Perro Bomba, señala que fue una grata experiencia trabajar con él: “es súper dócil, amable, una persona muy dispuesta. Además es muy alegre, cuando viajamos a presentar la película él ha sido el alma de la fiesta, levanta a todo el mundo a bailar”.

Este año, Perro Bomba debutó internacionalmente en distintos festivales de cine: Guadalajara, Málaga, Toulouse, Gramado, Sydney y Múnich, donde recibió varios premios y reconocimientos,  Steevens incluso recibió el de mejor actor, por su desempeño en el papel protagónico. “Estos meses tuve mucha prensa internacional, pero no me creo mejor por eso ni porque me reconozcan en la calle, solo me importa estar haciendo las cosas bien. A veces pienso por qué en Haití te meten la cosa en la cabeza de que si no estudias no vas a ser nadie en la vida. Yo quería ser actor y me decían que no podría, que se necesitaba plata para eso. Es una sensación que no puedo explicar, muchos no lo creían, pero lo hice».