El Padre Eugenio de la Fuente en uno de los patios del Campus Casa Central de la PUC, conocido como "el patio de la Virgen".
A más de un año de la visita que dio al Papa en calidad de víctima de Fernando Karadima, el sacerdote Eugenio de La Fuente habla con “Sábado” sobre cómo llegó al sacerdocio, y su camino hasta liberarse del abuso de conciencia que sufrió por parte del párroco de El Bosque. Comparte su visión de la actual crisis por el problema de la autoridad en el clero y de los cambios a realizar en la Iglesia Católica chilena, misión de la que se siente activista.

El padre Eugenio de la Fuente (51) llega respirando agitado luego de comprarse rápido una Coca-Cola, y se sienta dentro de su oficina en la Casa Central de la Universidad Católica.

— Muchas cosas que hacer, poco tiempo— se lamenta, ojeroso, pero sin dejar la sonrisa. Se escucha aún algunas voces lejanas de los estudiantes que pasan por fuera de su concurrida oficina.

Es uno de los siete sacerdotes que en junio del año pasado viajó a Roma para tener una audiencia con el Papa, en calidad de víctima de Fernando Karadima, ex párroco de la Iglesia de El Bosque inculpado por decenas de casos de abuso sexual. En el caso de de la Fuente, por abuso de conciencia.

En esa oportunidad, vio la instancia de la reunión con el Papa para “restaurar justicia y comunión”, en una Iglesia que ya estaba golpeada por las olas de abusos.

Desde esos meses, ha sido una de las principales y únicas voces que desde clero se han referido públicamente a la ola de abusos persistente dentro de la Iglesia, y a la necesidad de transparentar estas situaciones de abuso.

Eugenio de la Fuente Lora, exsacristán de El Bosque, quien hoy es párroco de la iglesia Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa, Quinta Normal, y capellán de Casa Central de la PUC, habría sufrido una “dictadura espiritual”, producto del abuso de conciencia ejercido por el círculo de Karadima, una «secta» en donde fue manipulado, según ha dicho públicamente, durante 20 años.

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Antes del abuso, de hacerse sacerdote, de entrar a El Bosque siquiera, Eugenio de la Fuente estudiaba Ingeniería Comercial y pololeaba. Fue gracias a esta relación que él llegó, en los 90, a pertenecer al círculo de El Bosque.

—Ella buscaba tener un lugar donde poder ir a misa en el mes de María, y yo quería ir también a un lugar con rosario, y la Iglesia más cercana era El Bosque. Ella no se quedó, yo sí. Porque las mujeres eran despreciadas.

— ¿Por Karadima?

—Por Karadima— asiente el sacerdote, admitiendo la predilección del párroco de El  Bosque por los jóvenes varones.

 

— ¿Al ser despreciada vio algo raro pasando en ese ambiente?

—No, ella nunca fué parte del círculo ni supo nada de lo que ahí pasaba. Ella solo comprendió que yo había descubierto algo muy importante. Y sí que lo descubrí. Me había surgido una inquietud de una nueva conversión independiente de El Bosque, después que salí un colegio del Opus Dei (Tabancura) y quedé muy cansado espiritualmente.

 

— ¿Pasa mucho eso?

—Sí, mucho. O quedas traumado toda tu vida, o te haces un reventado. Yo me alejé un poco del colegio, y como que empecé a volver (a la fe), y al hacerlo me surgió una inquietud de la persona de Jesucristo. En medio de todo esto, llego a El Bosque. Y hasta donde yo he podido escudriñar en mi interior, yo tomé la decisión de dejar de pololear, no como amigos míos a quienes los obligaron a dejar de hacerlo. Y dejé la relación porque sentía una necesidad de discernir que yo estaba sintiendo algo muy fuerte por consagrar mi vida a Dios. Sentía afectivamente una atracción muy fuerte por ambas cosas, por casarme con ella y por consagrarme a Dios. Y mira, Karadima para eso era un desastre, porque la costumbre que tenía era mandar. Era brillante para manipular, pero para ayudar con el discernimiento, la teología…tontazo, la verdad.

 

—Haber entrado al sacerdocio así, ¿resulta más honesto así, quizás?

 

 

La “mugre” para él, comenzó al llegar a la parroquia de El Bosque.

—Llegué a El Bosque y me fasciné. Había mucha juventud, todos apasionados por Cristo. Pero paralelamente, pasa todo a través de la cultura que ha provocado “el abusador”. El grupo de jóvenes te va conduciendo a fanatizarte con el fundador. Y él te humilla, te hiere en tu autoestima. Yo me sentía oprimido, pero estando ahí me “santificaba, me mostraba la voluntad de Dios” y me lo bancaba. Así lo vas soportando, en silencio y en soledad. Cada vez te humillas “por tu bien”, y él te sacaba la mugre. Tú solamente generas miedo a la persona. Siempre te justificas para volverlo a poner en el pedestal, porque es “un santo”. Y yo tengo que “tener la humildad de ver que solo son defectos”, y que “me hace bien”, porque humillandome, me hago más humilde, me hago más santo. Es un círculo perfecto.

 

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Según el padre De la Fuente, la institucionalidad eclesiástica va muy lento, y no ha dado la suficiente reflexión a cómo se ejerce la autoridad y el poder en la Iglesia. Pare él, es un problema que tiene que ver con la conciencia: “A veces se produce una obediencia y humildad tal, que siempre hagas caso a tus superiores en todo y si contraría incluso tu propia conciencia”.

Luego de llegar a El Bosque, y pasando por su ordenación como sacerdote el año 2000, se dejó dirigir espiritualmente por Karadima, con quien seguía exactamente esta dinámica, según dice.

 

—¿Cómo concibe la Iglesia el abuso de conciencia?

—Al abuso de conciencia la Iglesia lo ha estudiado muy poco, no se ha animado a definirlo. Pero en él, lo que se produce es un control mental sobre la persona de modo que genera una disociación en tí. Una persona se arroga el nombre de Dios, usa parcialmente textos del Evangelio, de textos de vidas de Santos apelando a la radicalidad evangélica, a que Dios está primero que todo, y como ese alguien es el vocero de Dios, tú sigues todo lo que diga, aun sin comprenderlo, aun sabiendo que hay otras categorías éticas, morales, si lo dice el superior está bien porque él lo dice, porque habla en nombre de Dios.

 

Karadima como director espiritual, ¿decidía por usted?

—Absolutamente, él decidía si te cortabas el pelo, si te comprabas zapatos, a dónde y por cuánto tiempo ir de vacaciones. En mi día libre debía preguntarle si podía o no ir a comer con mi familia. De verdad eres un esclavo. El mayor problema es que como esto no está bien definido, da para todo, y sigue pasando.

 

¿En qué situación concreta se puede dar esa disociación entre lo que usted quiere y algo que te manda el director?

—Mira, las cosas comienzan muchas veces por cosas familiares. En movimientos, típicos de Santiago, nunca te lo van a aceptar, pero esto pasa tanto en El Bosque, Legionarios, Opus Dei… Va ocurriendo de manera progresiva, van generando una conciencia en ti que es parte del lavado de cerebro, de que como Dios está por sobre todas las cosas, tú tienes que rechazar y detestar todo lo demás. Y un punto clave es distanciarte de tus amigos y de tu familia, por lo que a nivel de guía espiritual personal, van distanciando todo aquel que pueda ser una influencia para tí que te saque de ese seguimiento total a ese movimiento o a la persona del guía. Implica, por ejemplo, no estar en momentos esenciales de tu familia.

 

— ¿A usted lo separaron en algunos de esos momentos?

—Sí, por supuesto, y tú tienes que obedecer, porque “en la obediencia está la santidad”, porque “la familia no es importante, primero está Dios”—  dice, sarcásticamente—, y de manera arbitraria. Te vas distanciando del apego familiar por el director espiritual. A veces son sacerdotes (o religiosas) que guían así. El problema es cómo se ejerce la autoridad, sin límite y del dominio sobre las conciencias, cuando esta cultura está institucionalizada.

 

— ¿Usted sintió esto ya antes de ser sacerdote, como joven dentro de El Bosque?

—Totalmente, y lo propiciaba, siendo el gran gurú de todo, Karadima. Siempre al principio hay una etapa inicial de fascinación, que es como la carnada del pescador. Tú ves un lugar lleno de jóvenes, atractivo, en que se ve la radicalidad del seguimiento de Cristo, con éxito, del que han salido tantos sacerdotes. Hay toda una pantalla inicial, de luces de colores que te van atrayendo. Y la razón detrás de esto, va siendo que ahí se vive la radicalidad del Evangelio, y tu eres ignorante, porque eres joven, y te lo vas tragando, tragando, bajo el ideal inmenso de amar a Dios por sobre todas las cosas, que es una verdad, pero parcial, porque es “a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo”. Y como “el gurú” tiene la voz de Dios, tu vas entendiendo que eres más radical en el seguimiento en medida que eres más obediente, y esa obediencia te va llevando a alejarte de todos tus otros círculos, de manera que el único validado, el único que te quede, y que está por encima de todos los demás, es el del abusador. Y ahí te traga, te devora, porque ya te convenció. Y ahí te disocias.

 

—Más que quizás la metáfora de la carnada, ¿podría ser como una polilla, acercándose a eso tan luminoso, que termina por quemarte?

 

Comenta que ha hablado de esta temática de abuso de conciencia incluso con el Pontífice.

—Se lo he dicho al Papa conversando cómo estás conversando tú conmigo, a esta distancia, y diciéndole todo el daño que me hicieron por causa de esto. Yo creo que teniendo muy buenas intenciones, no lo entiende. Gobernar la iglesia es un quilombo. La Iglesia es un gran barco gigantesco al que doblarle el rumbo es una labor titánica, donde la sala de máquinas está descompuesta y está llena de fierros oxidados.

Y van a seguir habiendo abusos sexuales hasta que no solucionen esta cuestión. Ese es el drama.

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—¿Cómo se sale de esa dinámica?

—Si no tienes algo que te saque, es muy difícil salir. Pero diría que hay dos cosas que te salvan: primero, el apoyo de la familia, y lo segundo, cuánta rebeldía secreta había en tí; si no hay algo en tí que vive contento con el sistema. Yo salí porque en un momento estaba muy cansado psicológicamente, al borde de quebrarme. Internamente me sentía humillado, oprimido, y ya mi rabia estaba hirviendo un poco más, pero me la guardaba. Y por esa rabia, él te humilla más todavía. Y como que te expulsa de ser tu guía espiritual. Entonces,  la dinámica del expulsado era hacerle una carta, llevarle regalos, decirle que por favor lo reintegrara, con lo cual él tenía un nuevo, mejorado y aumentado dominio sobre tí.

Pero relata que entonces  se le ocurrió ver a un viejo sacerdote amigo, quien lo instó a privilegiar su bienestar personal, lo que se sumó al apoyo familiar.

 

— ¿Cómo sus vínculos ayudaron a fortalecerlo para salirse del abuso?

—En mi caso, (son cinco hermanos) debo reconocer que de una manera magistral, de manera algo inconsciente, ni pensada como estrategia, pero que salió. Logré que mi familia tuviera una relación más o menos sana con el personaje de Karadima, de manera que tuvieran cercanía relativa, pero que nunca se acercaran tanto. Porque la familia era un tema; si se peleaban con él a tí te aplastaba mucho más todavía. Yo disimulaba mucho mis dolores, nunca les dije que lo estaba pasando mal adentro. Así siempre fui querido incondicionalmente, de manera que mi familia siempre estuvo ahí para mí, y ese vínculo que se mantuvo fuerte y firme, fue clave, un lugar para pisar siempre, y no quedar flotando en el vacío. Diría que casi todos los casos de abuso más profundo es cuando Karadima logró batallas campales contra las familias.

Cuenta que su padre murió el 2015 pero que cuando saltaron casos de abuso contra Karadima en 2010, lo miró con mucha lástima. “Que lastima que ese caballero que creíamos que era un santo, en realidad era un demonio”, recuerda que dijo.

 

—¿Y la rebeldía?

— La rebeldía… Era una cosa tan rara. Sentía rabia muchas veces, pero la ahogaba porque era lo que Dios quería, porque era lo que decía “el caballero”. Y el personaje era siniestro, te hacía pensar que eras muy soberbio, y tenías que ser parte de ser élite espiritual. Tenías entonces una rebeldía guardada con llave para tí mismo. Tu también te lo ocultabas porque era pecaminoso tenerlo. “Es cuestión mía, yo soy imperfecto”… lo reprimes. Es una rabia secreta que ni tu te la permites tener adentro, y cada vez que la sacas, te sientes culpable. La Iglesia tiene un problema en este punto.

Pero el sacerdote cuenta que cuando salió a la luz pública el caso de Marcial Marcel, algo en él despertó. Se destapó la doble vida del sacerdote mexicano, fundador de los Legionarios de Cristo, que implicaba drogadicción, hijos y denuncias de abuso sexual. En 2006, el entonces Papa Benedicto XVI ordenó a Marcial Maciel, de casi 90 años a «una vida reservada de oración y penitencia, renunciando a cualquier forma de ministerio público” como castigo.

—Entonces pensé: “Ojalá pase también algo para que este caballero (Karadima) se derrumbe, y yo pueda liberarme”. Una ilusión secreta, indecible, lo pensé como pensamiento malo, ¿cachai?

—¿Se fue a confesar por eso después?

—Yo debía confesarme siempre con Karadima, y no podía irme a confesar, diciéndole que tenía rabia contra él. Entonces yo formulaba la confesión diciendo  “he sentido animosidad contra otras personas”. Y en el fondo, siempre que lo decía, estaba pensando en él y se lo confesaba a él.

— ¿Qué sentía durante esa confesión?

—Confesarse con otro era como un pecado. Entonces pensaba “¿Cómo confieso esto siendo que es una cosa que siento hacia él?”. Y al final formulé esta cuestión. ¡Pero siempre era él! Imagínate lo que me costó encontrar la palabra “animosidad”. Era más general, pero me sentía obligado a confesarlo.

 

Dice que fue gracias a James Hamilton, cuyo testimonio fue dado en 2010 en el programa de TVN Informe Especial que se le abrieron los ojos. Lo conocía muy bien a él lo conocía y a su familia.

—Me tocaba quedarme esperando con la Verónica (esposa del médico) y sus hijos mientras el doctor Hamilton estaba examinando al padre, y quizá que estaba pasado ahí.

 

Cuando salió el testimonio de Hamilton dice que le costó creerlo del todo, pero paso de la incredulidad al “click”, por la precisión del relato, sobretodo cuando dijo que el cura abusador lo mandó a confesarse con otro cura para no quedar excomulgado.

De la Fuente fue hablar con otra persona que al ver el reportaje asumió haber vivido lo mismo que Hamilton. Luego de hablar con él, el padre se convenció.

En agosto de ese año De la Fuente y otros nueve sacerdotes firmaron una carta donde estimaban como “verosímiles” las acusaciones de abuso sexual hechas hacia su párroco. Siguió el proceso a través de los años, hasta que en febrero de 2018, denunció frente a la nunciatura apostólica, testificando contra Karadima.

—Pienso cómo nos estafaron por tantos año. Surge toda la rabia, de pensar que este viejo era finalmente un degenerado que manejaba tu vida, te retaba por cosas mínimas siendo que era un pervertido. Pero por otro lado surge un “ah” —suspira, largo y calmado— se acabó. Porque eres libre.

El padre Eugenio calla por un rato, antes de volver a hablar.

—Romper con el abusador es una cosa muy lenta. Si esto no hubiese pasado quizás el viejo todavía… no sé, no puedo escupir al cielo. Pero ahí se cortó. Cuando cachai que ese caballero no es nadie, que no tiene ninguna autoridad sobre mí porque es un pervertido, un criminal, abusador de menores. Sin embargo, quedan como 5 sacerdotes que quedaron pescados, aún. hay quienes no son capaces de desprenderse, no queda pedazo del alma sin estar abusado. Hay uno que generó una idea de que hay que tenerle misericordia al padre herido y acompañarlo. Yo humanamente no soy capaz de eso, y eso es de dependencia abusiva.

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—¿Cómo es para usted actualmente ser director espiritual de otros jóvenes, ejercer así la misma función de Karadima?

—Esa es otra labor que está muy mal definida. No está claro si se vincula a la prudencia o si se le debe obediencia o no al director espiritual. Está llenos de curas que lo ven como lo segundo, y tienes sacerdotes que te dicen qué hacer. Yo pienso que lo correcto es que no seas guía sino acompañante espiritual, que compartan la vida, y tú mostrar cosas globales que puedan ser una luz que tomar una decisión. Que le preguntas cosas, uno trata luego de mostrarte cosas, y tú decides. Yo personalmente nunca nunca le digo a una persona qué hacer. Es un poco lo que hacen los psicólogos buenos. Es una conversa, donde voy exponiendo criterios del Evangelio. Porque tengo cuidado para no repetirlo. Vivo aterrado de eso, porque ahí tengo una herida. Es mi miedo.

De la Fuente se trata psiquiátricamente, desde que salió del abuso hasta hoy. Le dije al psiquiatra: “por favor revísame, cuan pitiado estoy”, dice riendo.

—Ahora con el tema del abuso, creo que soy un activista respecto al tema, pero como sacerdote me fascina el tema de la planificación del ser humano en su integridad. Dignificar a la persona pobre, si es pobre. Si es abusada, sacarla de su abuso. Y así.

Mientras alista sus cosas para la misa de la 1 de la tarde, habla en voz alta sobre sus sueños.

—En mi caso, si me mando a cambiar tendría mucha más paz. Así soñando, me compraría una mini parcela, al lado de un lago perdido del sur, y cortaría leña. Exquisito. Pero siento que yo tengo que dar esta batalla. Como un texto de Moby Dick, que me inspira mucho.

No se trata de demostrar que somos muchos, o que estamos vivos. Es un milagro que sigamos vivos. Hay que mantener la fe, la cercanía con Cristo, para salvar el corazón del hombre. Ya no estamos para una Iglesia triunfalista. Y en esto, unos se quedan y otros se cansan.

— ¿Y los que están, pero de manera distinta, como Sergio Cobo (quien lo acompañó a la visita a Roma el año pasado, y recientemente pidió un año de «discernimiento» para evaluar su vocación de sacerdote)?

—Es más complicado. Él se dio cuenta de que Karadima interrumpió su existencia y su propio discernimiento. Ocho o nueve años después, tiene a Karadima metido en su cabeza. A él Karadima lo obligó a pelear con su polola (no como mi caso) y tras un año peleando, después lo hizo entrar al Seminario. Creo que es valiente de replantearse esto a los 50 años.

­— Y usted, ¿cómo se plantea con respecto a Karadima? ¿Cómo discernir entre justicia y misericordia?

—Hay muchos que dicen que dejó una herida, pero le tenemos que tener misericordia porque hizo “tanto bien, tanto bien”. Y eso también se ha dicho de (Renato) Poblete, de (Cristián) Precht (ambos acusados de abuso). Dios tiene que tenerles misericordia, no le queda otra. ¿Cómo lo resuelvo yo? De verdad, de verdad no quisiera que nadie se fuera al infierno, ni siquiera la persona que más daño me ha hecho, que es Karadima. Quisiera que ojalá se redima y que llegue al cielo. Pero ojalá que en el cielo nunca me tope con él. Nunca. Nunca. Nunca.

 

Cronología del Caso Karadima: