Viajes e historias de una fotógrafa sin fronteras

Por Magdalena Andrade N.

En Santiago, la fotógrafa documentalista Tamara Merino Bloch -27 años, con una carrera todavía breve, pero que ya incluye publicaciones en National Geographic, The Washington Post, Der Spiegel, Bloomberg, Wired y Huffington Post, entre otros medios- no tiene casa. Aunque ha decidido asentarse en el país y el año pasado hasta arrendó un departamento por unos meses, en rigor esta chileno-colombiana sigue siendo una nómada.

En 2015, por ejemplo, con su novio videodocumentalista pasaron un año viviendo en una van mientras recorrían Australia, y en 2016, otro año en moto, retratando Asia. Pero este 2018, Tamara Merino -elegida por la World Press Photo entre los seis talentos globales de la fotografía en Sudamérica- dice que tuvo esa necesidad: echar raíces en Chile. Aunque por ahora esas raíces sean solo emocionales, porque después de haber pasado poco más de un mes acá partirá pronto a México y Estados Unidos, y después a Colombia, para cubrir una historia apoyada por la International Women’s Media Foundation (IWMF), una plataforma que difunde y patrocina el trabajo de mujeres fotógrafas de todo el mundo, y de la cual es miembro.

-Nunca he publicado acá, nunca he estado involucrada en lo que pasa acá, y este año me lo propuse: quiero hacer historias en Chile. Es lindo tener un lugar que uno sienta como casa, pertenecer a la comunidad, porque uno siempre está muy solo -dice Tamara en un café en Santiago, mientras abre su computador y muestra imágenes de su trabajo en India con los aghori, grupo de seguidores del dios Shiva que practican el necrocanibalismo, untan su cara con cenizas de cadáveres y hacen su vida de noche en torno al río Ganges.

Antes de fotografiarlos, Tamara Merino recuerda que pasó cinco días observando silenciosa desde un rincón las piras donde queman los cuerpos y los rituales de los aghori, hasta que su figura se hizo tan cotidiana para la comunidad que la llevaron donde uno de los líderes del grupo, quien, como señal de aprobación, la hizo fumar una pipa forrada en tela de ropa de uno de los muertos.

Sentir arraigo, pertenecer a un lugar, ha sido un tema en su vida y también un foco de su trabajo. Tamara nació en Bogotá, hija de padre chileno y madre alemana, y cuando tenía 13 años su familia se radicó en nuestro país, donde Tamara terminó el colegio. Pero la vida aquí fue breve: a los 18 partió a Nueva York para estudiar actuación. Sin embargo, allá se encontró con un taller de revelado que le mostró otro mundo: la fotografía.

En la School of Visual Arts, Tamara estudió dos años, pero debió volver a Chile y terminó la carrera acá, en la Universidad del Pacífico. Cuando tuvo que elegir en qué trabajar, partió otra vez a Nueva York para realizar un diplomado en Fotografía Documental, especialidad que la apasionaba, aunque los comienzos no fueron fáciles. Su primera experiencia en terreno fue en Cuba, donde se puso como desafío vivir un mes como local.

-Estaba muerta de miedo. No de que me pasara algo, sino que sentía ansiedad de fotografiar a la gente en su vida cotidiana. Sentía respeto; tampoco quería invadir esa cotidianeidad. He hablado con grandes fotógrafos y a todos les ha pasado. Aprendí a acercarme, a conversar, pero porque esa persona me interesa y quiero saber su historia. Eso me ayudó a entender que no estoy robando un retrato de esa persona, sino siendo parte de su vida por un tiempo.

Su siguiente trabajo, en Brasil -inédito, porque aún está en proceso-, la hizo ahondar en su propio (des)arraigo, al hacer un seguimiento de la diáspora africana y sus descendientes en Bahía.

-Hay un tema emocional en la cultura brasileña con el que me sentí identificada; un aire de melancolía en las comunidades campestres. Cuando empecé este trabajo, sentí que no pertenecía ni a Colombia ni a Chile. Algo me conectaba con ellos y entendí la saudade , la añoranza de tus tierras. Eso me hizo volver, para entenderme a mí misma y comprender la emoción de ellos. Empecé a darme cuenta de que no tenía que ser de ninguna parte, que uno puede ser de todas partes -dice.

Hoy, su casa es una maleta poco más grande que las de mano:

-Tengo muy pocas cosas. Llevo un poco de ropa para invierno y verano, y mi cámara, mis lentes, mi computador, mis discos duros. Yo me voy por tres semanas a un lugar y me quedo tres meses, entonces tengo solo lo que necesito: mi primera capa, mi chaquetita; no uso jeans, solo calzas, ropa ligera. Llevo sandalias, zapatillas y unos zapatos de trekking . No uso joyas -dice Tamara, que tiene dos tatuajes: en su brazo derecho, un dibujo que le recuerda a su mejor amigo; en el izquierdo, un mandala que habla del equilibrio en el universo.

 

SENSATEZ Y SENTIMIENTOS

Javier Godoy, fotógrafo chileno, socio de la naciente galería Flach, vio en 2015 una publicación que anunciaba que la joven fotógrafa Tamara Merino, entonces de 24 años, había sido seleccionada por World Press Photo para la masterclass que organiza cada año con nuevos talentos. Entonces averiguó sobre ella. «Me llamó la atención la solidez de su trabajo a pesar de su juventud. Tamara es una fotógrafa que sigue una historia, y la sigue por completo», dice.

Así, no solo se integró el catálogo de la galería en un formato llamado Microcolección (fotos en pequeño formato, seriadas y firmadas, para coleccionistas jóvenes), sino que también la invitaron a dar una charla -que se llenó- y a exponer en ART Stgo, feria que se realizó en el GAM en agosto.

Allí, el día previo, Tamara en persona armó su stand , el número 22. Vestida con un blusón de jeans, patas negras y bototos café -su uniforme oficial-, con su característico pelo castaño oscuro y rizado amarrado en un tomate, y junto a su hermano menor, pasaron horas cambiando de posición las imágenes, taladrando paneles y viendo de qué forma lucirían mejor las fotografías que, contará días después, fueron bien comentadas.

-Me dijeron que tenía una sensibilidad muy grande, que sentían conexión con las imágenes.

Los profesionales que conocen su trabajo destacan dos puntos: la sensibilidad y una madurez inusual para alguien que tiene poco más de 5 años de carrera.

El fotógrafo documentalista chileno Ari Espay, radicado en Nueva York y profesor de los talleres que realiza National Geographic, vio en noviembre de 2016 otro artículo sobre el trabajo de Tamara. Entonces la contactó para hacer algo juntos. «Me llamó la atención su estética; lo fino y elegante que era. Lo encontré muy avanzado en términos estéticos y profundos, además de tener una composición maravillosa», recuerda Ari, al teléfono desde Nueva York.

«En ese tiempo yo tenía muchas ganas de venir a Chile a enseñar», cuenta el fotógrafo. Finalmente decidieron dictar un curso en Santiago sobre fotografía documental y storytelling que lleva ya dos versiones. «Lo que logra Tamara es porque ella en su trabajo deja fuera sus barreras, abre su mente y se deja llevar. No antepone sus prejuicios al tema. Ese es su plus».

Tamara cree que ese acercamiento a las personas solo se logra involucrándose con ellas. Aunque eso tenga un costo emocional.

-Creo que la fotografía documental es respeto. Esa es la base de una buena fotografía. Respetar los tiempos de la gente y también entregar algo de ti, porque no puedes solo exigir algo. Paso tiempo con la gente; la mayoría de las veces me quedo a vivir con ellos. Muchas veces me invitan y otras, pregunto: ‘¿Me puedo quedar en tu casa?’.

Ese mismo respeto es lo que el fotógrafo nacional Guy Wenborne ve en las fotografías de Tamara. Seguidor desde el año pasado de su trabajo en Instagram, un día le escribió para hacer un «cambalache fotográfico» y reunirse con ella.

«Para mí fue un tremendo descubrimiento encontrar a alguien que hiciera un trabajo tan comprometido con su sujeto fotografiado, y ser capaz de hacer una imagen tremendamente bella. Se me vino de inmediato la luz y el compromiso de Steve McCurry», dice Guy, y agrega: «Para mí es una luz en medio de toda la abundancia de fotos que hay actualmente».

EL GRAN SALTO

Australia, 2015. Muchas de las entrevistas que Tamara Merino ha dado empiezan con este acontecimiento: recorría Australia en una van cuando, en medio de la carretera Simpson Desert, que atraviesa el desierto, quedó en pana. Mientras su novio arreglaba la rueda, ella exploró el lugar y encontró varios extraños montículos, uno de los cuales tenía una cruz y una escalera descendente. Era una iglesia subterránea, parte de un pueblo llamado Coober Peaby que tenía bar, negocios y casas bajo tierra: la única manera de que los habitantes de este asentamiento minero de ópalo, una piedra semipreciosa muy valorada en China, sobrevivieran en una región donde, de día, puede haber 50 grados Celsius.

-Estuvimos siete días buscando a alguien. Uno no ve las casas, porque son montículos que están más alejados, y en la parte de la minería está prohibido entrar. Me sangraba la boca por el calor árido, pero tenía la intuición de contar esa historia. Un día apareció una señora y preguntó dónde nos quedábamos. Le contamos de nuestra van sobre tierra, con 32 grados a las 3 de la mañana, y ella dijo: «Vengan a mi casa». Fue impresionante. Primero, era como un shock de frío. Viven bajo tierra porque tienen 23 grados todo el año.

En eso estaba cuando la llamaron para la masterclass de World Press Photo. Hasta ese momento Tamara no había hecho publicaciones en medios grandes, sino que había llamado la atención por las fotos en su web, y que le valieron quedar entre 12 seleccionados.

Allí, otra pasante vio sus fotos de Australia y la alentó a mostrárselas a uno de los profesores:

-Los masters dijeron: «Tienes que seguir trabajando en esto». Y luego vino lo de Nat Geo.

Lo de National Geographic fue la publicación, en julio de 2016, del reportaje Vea a la gente que vive en un legendario pueblo bajo tierra , que incluía un gran crédito: «Fotografías: Tamara Merino» . Luego publicó sus fotos en Washington Post, Der Spiegel, Huffington Post y otros diez medios.

Su siguiente encargo para Nacional Geographic fue un reportaje sobre la situación de la frontera entre México y Estados Unidos, publicado en junio pasado.

-Tienes que mandarles todas las fotos, no puedes borrar nada, porque ellos eligen. Si expusiste mal o bien, da lo mismo. Y es súper interesante, porque nosotros somos fotógrafos, no editores, y trabajar por 15 o 20 días en una historia muchas veces te puede impedir elegir bien por cansancio. Ellos ven tu alma y uno al principio se siente desnudo. Son súper estrictos, súper exigentes, pero te hacen parte del proceso.

LLAMADOS DESESPERADOS

Luján Agusti, fotógrafa argentina y también miembro de la IWMF, trabajó con Tamara Merino en el reportaje sobre la frontera mexicano-estadounidense encargado por National Geographic. Y recuerda las circunstancias que se dan cuando dos mujeres, solas, enfrentan un lugar donde sus vidas pueden correr riesgo.

«Estuvimos en Tamaulipas, un pueblo copado por el narco. Estábamos en el río, buscando gente para cruzar, y de repente apareció un muchacho con un flotador gigante: el estereotipo de quien va a cruzar el río. Esa era la foto. Nos dijo: ‘Todos piensan que soy un coyote, pero no’. Nosotras, ingenuas, le hicimos varios retratos, hasta que del mismo lugar se nos acercó alguien a decirnos: ‘Chicas, mejor que se vayan porque él no es un migrante. Es un coyote’. En eso de conocer a la gente, acercarse es algo muy de Tamy. Ella es menos miedosa, aunque en un momento estuvo asustada porque había sido tan abierta que le había dado su teléfono a un montón de personas», recuerda Luján.

-Tengo una vulnerabilidad: soy muy ingenua. Nunca pienso que me van a asaltar o hacer algo. He estado en situaciones incómodas, pero jamás ha pasado nada más allá. No tengo miedo. Eso me ha ayudado a hacer los temas que hago: como pienso que no me va a pasar nada, me meto -dice Tamara. Aunque en esta historia, haber dado su teléfono tuvo implicancias emocionales para ella.

-Recuerdo a un hombre que cruzaría el río al día siguiente con su hijo pequeño. Le di el teléfono para que me avisara cuando lo hiciera. Finalmente no cruzó, pero encontró en nosotras un cobijo, así que nos llamó varias veces para pedirnos que lo ayudáramos, que fuéramos a la policía a decirles que él iba a cruzar. Le expliqué que yo no podía incidir en eso, porque ni siquiera soy ciudadana estadounidense o mexicana. Pero él estaba desesperado por sobrevivir.

-¿Eso te pasa seguido?

-Yo sigo en contacto con muchas personas que fotografío, pero porque me nace. Me encanta, y tengo grandes amigos que he fotografiado. Tiene su lado positivo y negativo, pero yo no podría intimar tanto para una historia y después desaparecer. Siempre les mando la publicación y les mando fotos, les hago una carpeta, y la gente se pone súper feliz.

Hace una semana, National Geographic publicó el último trabajo de Tamara Merino: la segunda parte de su serie sobre pueblos bajo tierra, esta vez en Granada, España, el asentamiento subterráneo más grande de Europa.

-Estuve en 5 o 6 pueblos, un poco más de 2 semanas. Estuve viviendo en una cueva. Y fue el lugar donde más vulnerable me sentí.

Tamara habla de una situación que vivió en ese reporteo, y que solo explica como algo incómodo.

-Que traspasen tu feminidad creo que es algo que cualquier mujer teme, incluso cuando vas en un callejón. Que te violen. Eso es a lo único que uno tiene miedo. Pero tienes que saber cómo manejar la historia. Eso es lo más difícil.

Eso, y enfrentarse al machismo que implica que una mujer, a veces, tenga mejor acceso porque la ven «inofensiva».

-Hay una cosa inconsciente: «Qué me va a hacer esta». A un hombre lo ven como un «fotógrafo de verdad». Tristemente, juega a tu favor, pero es más importante lo que está jugando en contra, que es la falta de posición de las mujeres en la fotografía. La historia del mundo ha sido contada por hombres. Que la mujer empiece a entrar a este rubro, que empiece a contar historias, es algo muy difícil, pero que se está moviendo.

Esa es una realidad aún más notoria en Chile. «Lo que más rescato de Tamara es su entusiasmo por llamar a los fotógrafos a ser una comunidad más activa, más solidaria. Hay muchas mujeres fotógrafas que están adquiriendo mayor visibilidad. Paz Errázuriz y su Premio Nacional de Artes Plásticas es un referente de lo que está pasando con las mujeres», dice Soledad Abarca, jefa del archivo fotográfico de la Biblioteca Nacional, y quien constata con un ejemplo la poca visibilidad que ha tenido el trabajo femenino en fotografía en el siglo XX en Chile: en el archivo, solo existen las imágenes de una mujer, la brasileña Inés Paulino, fotógrafa de la revista Apsi.

EL ENCARGO MÁS GRANDE

En medio de su trabajo en las cuevas de Granada, Tamara Merino conoció a un matrimonio que había nacido y vivido bajo tierra. No solo los fotografió: también compartió con ellos, sin cámaras, durante dos semanas.

-Cuando me fui, a Antonio, que tenía 80 años, le dije: «Chao, Tito, voy a volver a traerte la foto». Él contestó: «Yo ya no voy estar en este mundo cuando tú vuelvas. Vas a ser la última persona en retratarme» -cuenta.

Hace una semana, los familiares de Tito llamaron a Tamara para contarle que había muerto.

-Me pidieron alguna foto que le hubiera sacado y yo, por primera vez, sentí una responsabilidad más grande que cualquier encargo -dice, mientras busca en su computador una fotografía donde aparece Tito y su mujer, sentados los dos en los extremos de la cama de su dormitorio, con la pared rocosa de su casa-cueva de fondo.

-Fue muy fuerte. Busqué una foto y se las mandé por e-mail porque la querían para el velatorio. Cuando los llamé, me dijeron: «Es él». Hay personas que me preguntan: ¿cómo te desconectas de tus historias? Y yo siempre digo que nunca me desconecto. No digo: «Esto es una historia», y chao.

A continuación, revisa una síntesis con los cinco principales hitos en la breve aunque ascendente carrera como fotógrafa de Tamara Merino:

Para ver el reportaje original en la revista Domingo haz clic aquí.