Una triada esencial

Tres de las calles más determinantes para la configuración de la zona sur de la capital -San Diego, Santa Rosa y San Ignacio- comparten no solo su historia desarrollada en torno a hitos clave, sino que también las consecuencias de haber sido usadas, casi de manera exclusiva, por el transporte urbano. Algunos piensan que seguirán siendo inhóspitos corredores; otros, que podrían aprovechar el potencial que guardan y así cambiar su cara. 

Claudia Pérez Fuentes, para revista Vivienda y Decoración.

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Aporte multimedia: Karen Retamal y Mauricio Torres.

«Están denigradas y mal tenidas», dice el historiador Waldo Vila sobre San Diego, Santa Rosa y San Ignacio, tres de las calles más antiguas y relevantes de la zona sur de la capital que, pese a esto, son percibidas como inhóspitas y meramente funcionales. «Como ejes que solo sirven para conectar un punto con otro; corredores para el transporte público con todas las externalidades negativas que eso significa: ruido, congestión, contaminación», comenta quien les hizo un poco de justicia en «Calles -que fueron- caminos. Intensificación de la trama de calles al sur de la Alameda en Santiago de Chile hasta fines del siglo XIX», la investigación que llevó a cabo junto con el arquitecto Germán Hidalgo H., donde estas vías son protagonistas y reivindican su historia.

Llamaron su atención al verlas destacadas en los Rollos Bertrand, los planos del ingeniero y geógrafo Alejandro Bertrand, que en 1890 realizó el primer levantamiento de calles de Santiago. Ya se notaba la importancia de los ejes nacidos entre fines del siglo XVII e inicios del XVIII: San Diego y Santa Rosa estaban entre los que se crearon tras el loteo de los terrenos que los franciscanos tenían al sur de la ciudad; y San Ignacio estaba entre los ejes que conectaban las chacras de veraneo que las familias más acaudaladas poseían al poniente. «Surgieron cuando Santiago comenzó a darle la cara a la Alameda. Fueron caminos interiores que luego empezaron a desarrollarse y cobrar relevancia como calles de tránsito, lo que las distinguió durante la Colonia. Se hicieron sobre la marcha, de acuerdo a los usos y necesidades del momento, reflejando la falta de planificación con que creció la ciudad. En 1909 se establecieron algunas normas, pero hasta antes de eso no había ninguna regulación», afirma Vila.

El crecimiento de estas vías y entornos, como San Isidro, «el primer barrio popular de Santiago», fue impulsado en gran medida por el posterior emplazamiento de infraestructura clave para la capital, «pero indeseable para estar dentro de ella». El matadero es el principal ejemplo. Ubicado en lo que en esa época -medianías del siglo XIX- era la periferia, tuvo a San Diego como principal conexión. Su intensa actividad comercial y de tránsito detonaron el desarrollo de asentamientos y calles, como Santa Rosa, «que creció al ser necesario otro corredor». Un mercado, hospitales, fábricas, la Estación San Diego del Ferrocarril de Circunvalación y hasta un cementerio fueron otros de los equipamientos instalados en torno a estas arterias. San Ignacio, en tanto, recibió los influjos de hitos como el colegio e iglesia que le dan el nombre, Parque Cousiño, instalaciones del Ejército (Cuartel de Artillería y Escuela Militar) y Penitenciaria.

Una luz de esperanza

De las tres, San Diego es la calle con más historia -«fue parte del Camino Real, que comunicaba las provincias del sur con Santiago, incluso hay quienes postulan que tendría un uso precolonial», explica Vila- pero todas, en mayor o menor medida, tuvieron una desafortunada evolución, lejos de lo que los urbanistas llaman «calle completa», el concepto que define una arteria tratada de manera integral. «Son estructuradas como un espacio público con todas las dimensiones, actividades y usuarios que esto implica, no solo la parte vial, que es como han sido trabajadas gran parte de las santiaguinas. Una calle completa incorpora en su diseño todo el espacio, de fachada a fachada», explica la arquitecta y urbanista de la UDP Isabel Serra.

Aunque es un concepto que difícilmente podría haberse aplicado a la histórica triada -surgió en los 70, en Estados Unidos-, sí hubo intentos por mejorarla. Ya entrado el siglo XX, el urbanista Karl Brunner, por ejemplo, quiso ensanchar Santa Rosa. Lo consiguió en las primeras dos cuadras. «Las expropiaciones no lograron ejecutarse y la transformación quedó frustrada», cuenta Vila. Fue la época en que las arterias consolidaron, además, sus distintos carices, como el comercial de San Diego, pero sobre todo su rol como avenidas que atraviesan la ciudad. Es lo que las define hasta hoy. «Creo que su historia no va cambiar, continuarán siendo corredores sin la capacidad de generar espacios públicos».

La urbanista de la UDP tiene una visión más optimista. «Se pueden crear zonas calmas con ciertas mejoras que las revitalicen y aprovechen el potencial que tienen. Cada una cuenta con actividades y comercios diversos que hoy no tienen cómo desplegarse». También sería un impulso la llegada del metro: la línea 3 tiene la estación Parque Almagro, en San Diego con Santa Isabel, mientras que en la cuenta pública de este año, el Presidente Piñera anunció, entre otras, la ejecución de la línea 9, que iría desde el centro de Santiago hasta La Pintana, recorriendo Santa Rosa. «Podría darles un nuevo estatus», dice el historiador.