Halloween o el derecho a celebrarlo todo

Por Nicolás Lazo

 

“Pureza é um mito”. Con esta consigna, los tropicalistas brasileños –una generación de músicos y escritores que protagonizaron la escena artística de su país durante la década de los sesenta– no solo reivindicaban la profunda heterogeneidad identitaria de la comunidad que los vio nacer, sino también la de todo el continente latinoamericano. Medio siglo más tarde, y pese a los múltiples y evidentes cruces culturales originados por la globalización, el mensaje del tropicalismo aún encuentra resistencias.

En Chile, Halloween suscita cada año una controversia que, si bien con el tiempo ha tendido a diluirse, enfrenta a entusiastas y conservadores o, parafraseando al semiólogo Umberto Eco, a apocalípticos e integrados. Mientras para algunos la noche de brujas constituye una instancia positiva de socialización infantil y juvenil, para otros se trata de una festividad impuesta por el imperialismo cultural y recibida acríticamente por la sociedad de consumo.

En primer lugar, habría que recordar a los furibundos que Halloween no es, ni probablemente será, la única celebración de origen foráneo. Sin ir más lejos, Pascua de Resurrección y Navidad, dos fechas que cuentan con una amplia participación por parte de las familias chilenas, provienen de regiones lejanas a nuestras fronteras. Si solo hay permiso para festejar lo que se inventó en suelo propio, apenas podríamos celebrar poco más que un machitún.

Luego, resulta necesario considerar que la así denominada sociedad de consumo extiende su presencia durante los 365 días del año, de modo que una oposición honesta implicaría, más bien, combatir el materialismo en aquellas ocasiones que, por responder a un carácter cotidiano, prácticamente no son detectadas por la policía de la corrección política.

Por último, conviene tener en cuenta que la ciudadanía es, probablemente, mucho más consciente de lo que se piensa respecto a cómo y en qué invierte su tiempo libre, incluyendo los ritos de esparcimiento a los que se entrega. Sostener lo contrario equivale a ejercer un rol paternalista incompatible con una sociedad que se precie de madura, alegre y, si se me excusa la palabra altisonante, verdaderamente libre.