Alberto Barrera Tyszka: “En la literatura solo escribo sobre lo que me duele, no concibo o me afecta”

Por: Manuel Hernández

“¿Cómo nos conocimos acá y no en Caracas?”, se preguntaron un par de mujeres el miércoles en una conferencia del Club de lectores de El Mercurio. El acento venezolano predominaba, estaban ahí para escuchar a su compatriota Alberto Barrera Tyszka, el coautor de “Hugo Chávez sin uniforme”, la primera biografía documentada del expresidente. El también guionista, y columnista del New York Times, vino a Chile como invitado al festival Puerto de Ideas para narrar sus experiencias sobre la crisis en Venezuela y el populismo latinoamericano.

Barrera Tyszka es el primer venezolano que participó en la octava edición de este festival . Una de sus exposiciones cuestiona: “¿Cómo escribir mientras tu país estalla”.

Conectado con Chile

El ganador del Premio Tusquets de Novela, que promueve la editorial homónima española, también forma parte de los más de tres millones de venezolanos inmigrantes. Aunque desde este año está radicado en México, sin planes de volver a Caracas, tiene una relación directa con Chile. Su hija vino en 2010 a estudiar un diplomado en la Universidad Diego Portales y “se enamoró, se casó y tengo una nieta chilena. Quisiera venir más de lo que puedo, he estado unas cuatro veces y en 2014 di un taller de guión en la Diego Portales, pero con el perdón de todos, Chile es un poco lejos”, dijo entre risas y cara de vergüenza el columnista del New York Times.

-¿Cuáles son las principales dificultades de relatar la situación de una nación tan convulsionada como Venezuela?

-Es muy complicado y algo que debo enfrentar yo como narrador literario, pero también desde la perspectiva periodística con la crónica. ¿Cómo te acercas a una zona de conflicto y la narras, o tratas de hablar sobre ella y arrojar algún tipo de información cuando estás involucrado? Y te lo puedo decir yo que hablaba ahorita del libro “Hugo Chávez sin uniforme”, en el que una de las cosas más difíciles para nosotros decidir de antemano cómo abordar el problema, en una sociedad tan polarizada como la venezolana, que la mitad, al menos en ese tiempo, pensaba que Hugo Chávez era el hijo de Jesucristo y la otra mitad pensaba que era el hijo de Hitler.

-¿Entonces de qué manera escribir para no plantear una postura sesgada?

-Hay que hacer frente a eso y elegir qué recursos periodísticos escoger para no contaminar lo que quieres hacer y proteger el texto de esa misma realidad. Nosotros en ese momento dijimos que una de las líneas era solo entrevistar a gente que haya vivido y conocido de trato a Chávez. Además, hay toda otra situación, ya después en un caso más cercano como la novela que yo escribí, que tiene que ver con el tema afectivo.

-Como con patria o muerte, que ha sido catalogada como una crónica del país pre y post muerte de Chávez.

-Sí. Me preguntaba si es posible tomar distancia y depende de lo que uno quiera hacer con algo que te afecta tanto. Ahí entra una gran discusión sobre la posibilidad de analizar o narrar todo el chavismo ahora, o si necesitas convertirlo en pasado para hacerlo más objetivo.

-Que igual es desligarse de eso, ¿no? Pero quisiste ubicar la historia de esa novela en México y no pudiste.

-Sí, completamente. Yo tengo una novela que salió este mes, “Mujeres que matan”, y me pasó lo mismo. Era una novela que transcurría en México y no podía avanzar hasta situarla en el contexto de mi país. El problema era que tenía que ubicarla en las dimensiones, pero yo en la literatura solo escribo sobre lo que me duele, o no concibo, o me afecta. En el caso de Venezuela yo creo que es mucho más complicado porque no hay ningún tipo de acceso a fuentes, de manera deliberada. El acceso a la información está cerrado.

-Escribiste una columna en el New York Times sobre el fantasma de Chávez, de cara a las elecciones en México. ¿Cuál es tu visión de esta ideología en Latinoámerica?

-¿Cuánto tiempo tenemos? –se ríe–. Ese es un tema del que podríamos hablar infinito. Es muy interesante porque tampoco está clara la definición de populismo, pero me parece muy bueno utilizarla cuando nos referimos a cualquier líder que parece nacido de la antipolítica, que funciona con carisma y se convierte en un peligro para las instituciones.

-Parecido a la frase cliché para referise a Chávez, que era tildado en Venezuela como un “encantador de serpientes”.

-Sí, claro. Un poco aquel que va a sustituir a la figura del pueblo o la va a encarnar. Pero en el caso de Bolsonaro yo siento que es el fracaso de la política tal y como la veníamos entiendo. Es muy interesante y trágico porque se interpreta como el fracaso de la izquierda y ahí están evaluados todos los gobiernos, sobre todo el proyecto de Lula que fue tan importante en Brasil y la región.

Cuando uno ve el resultado de Dilma Rouseff en su elección a senadora, se refleja el castigo que hay. Entonces se elige a alguien, incluso sin importar lo que diga, como también ocurre con el caso de Trump. Se asumen como provocaciones menores que sean racistas, homofóbicos. Todo ese tipo de cosas se colocan como límites que parecen no ser del todo reales, entonces se minimiza su peligro. Pero esos procesos, creo que sí definen en algo al populismo: El carisma y la irracionalidad que destapan estos líderes en las sociedades.

-¿Crees que, de alguna manera, el tema de Venezuela marca un precedente importante en esto?

-No sé si tan importante. Me gustaría, si se pudiera, trabajar el tema del carisma. Pero creo que el país y Chávez tienen una diferencia trascendental, que es un poco de lo que hablé en mis ponencias. Hay dos condiciones: Una, que es el único país petrolero en Latinoamérica. La otra es que el único con un proyecto militar y profundamente militarista era Chávez. A diferencia de Bolsonaro, que venía de una experiencia política, Chávez no tenía experiencia política; al igual que Trump vienen de la televisión o, en su caso, del golpe de Estado. Pero Chávez no era un hombre político. Es más, ni siquiera le interesaba.