Yo perreo sola (y tomo sola, y canto sola, y todo eso también, pero la verdad no tanto)

El Covid-19 ha obligado a modificar muchas cosas, y entre las más afectadas están los hábitos nocturnos de los jóvenes. Con las discos y pubs cerrados, el toque de queda anunciado como Año Nuevo cada noche y los delivery de alcoholes, las noches de baile, sudor y roce han pasado a ser de videollamadas, juegos y conversaciones cortadas por la mala señal. El autor trata de hacer un pasaje de mosaicos de la noche que ya no es de ninguna parte.

No parece accidental que Yo perreo sola, el hit de Bad Bunny, haya sido liberado el 27 de marzo de este año, cuando buena parte del Latinoamérica empezaba a entrar a la cuarentena de la cual todavía no sale.

Setenta días después, o casi dos cuarentenas más tardes, las reglas siguen siendo no salir de la casa, toque de queda y solo trabajan los esenciales. Y las discos bien calladas. Y los pubs bien cerrados, juntando polvo. Pero la joda no para. Pero la fiesta sigue. Y no, no las ilegales que llegan a los titulares de todos los lunes ni las que cancela Lavín por los matinales. No, la que sigue vive en Zoom,  misma aplicación que usan las academias para hacer clases y webinars. Sigue, entre piscolas y cigarros, en Houseparty, una app que la rompió tanto que a la semana de su boom hicieron correr la noticia (falsa) de que servía para robar datos bancarios.

Athenea Codjambassis tiene 23 años, el pelo azul, un chihuahua que se llama Pipa (y sale en casi todas sus historias) y más de 3 mil seguidores en Instagram. Actualmente está encerrada en su casa de Bahía Inglesa, en la región de Atacama, porque su familia se fue de la capital poco antes de levantada la cuarentena parcial que afectó a los barrios de la zona oriente, pero antes de la total. En sus historias es normal verla tomando, a veces espumante, a veces Aperol spritz, a veces piscola. “Uso mucho las videollamadas por Instagram o FaceTime. Tenía Houseparty pero lo tuve que borrar porque me estaba quedando sin memoria”, dice.

Athenea se reconoce como alguien a quien le gustaba salir y cree que las videollamadas son la única forma en la que puede mantener el contacto y nivel de relación con sus amigos, porque claro, con ellos estaba acostumbrada a salir. “La experiencia es la misma, pero por una pantalla, porque tomamos y fumamos y todo. Hasta bailamos porque alguien pone música para todos, pero piola”, dice.

“He logrado tener la sensación de que la estoy pasando bien y todos lo están pasando bien. Sé que estoy tomando solo, pero cuando me curo sólido me enamoro de la cámara y puedo estar onfire”, dice Rafael García (26), que explica que por respetar la orden de quedarse en casa ha recurrido a Houseparty y Zoom como sus medios para “carretear con los panis”. Ahora, desde su casa en Copiapó, toma en las noches con sus amigos divididos entre La Serena, Viña del Mar y Santiago. Se instala en su cama con su celular, el cargador (que se ha vuelto el nuevo implemento de fiesta) y unos tragos. Y así puede pasar la noche, porque “soy de los duros, de los que se quedan hasta el final”, dice riendo.

“Con lo bueno para tomar que soy, si me hubieses dicho hace 5 meses que iba a estar encerrado, te hubiese dicho que iba a estar tomando todos los días. Pero la verdad es que no ha pasado tanto”, dice Benjamín Napadensky (31) mientras cocina sin polera en su departamento en Las Condes (acaso la zona cero del Covid en Chile). “Pero he usado las apps, sobre todo Houseparty, para tomar con amigos. La empecé a usar mucho a mediados de mayo, porque fue mi cumpleaños y de ahí que seguí harto”, dice.

Tan (poco) ruido

Algo que casi todos los entrevistados coinciden es que, a pesar de que la mayoría de ellos está solo tras la pantalla, no sienten que estén tomando solos. Al menos no en ese entendimiento social del que un síntoma del alcoholismo es el tomar sin compañía, medio en la oscuridad de una habitación silenciosa. Los carretes virtuales no son particularmente ruidosos, la verdad. La tecnología pone un límite al volumen (el del parlante, ya sea el del celular, computador o uno externo) y los audífonos son una herramienta bastante usual.

“En las mañanas les pregunto si hice mucho ruido, pero no soy tan gritón, y siempre me dicen que durmieron perfect así que nada, todo piola”, dice Andrés Zúñiga (29), sobre sus carretes virtuales y la convivencia con Ricardo, su roomate, y el pololo de éste. Los tres llevan casi tres meses encerrados juntos en su departamento en Bellavista (ni hablar del cambio del barrio, que pasó de ser uno de los centros de la fiesta santiaguina a un barrio de casas cerradas, silenciosas y tapiadas. El autor no puede evitar pensar en esas calles, que conoce de memoria, pero bajo un filtro sepia, como lo haría cualquier escritor mediocre).

Las fiestas han pasado de bares y discos a escritorios y piezas

Las noches de Andrés se han ido, poco a poco, llenando más de reuniones por Zoom. “Eso sí, me costó adaptarme, porque soy de los que salían viernes y sábado. Hacíamos la previa con amigos y después salíamos a bailar, mientras que ahora estamos todos sentados”, se lamenta.

“Las conversaciones online no son tan distintas de las que se darían en una fiesta. Estás ahí y se alguien te cae bien hablas por horas de cosas muy superficiales”, explica Roberto Iglesias (33). Felipe Grez (26) lo interrumpe y agrega “lo que sí extraño es hablar con gente de verdad. Onda no tener que quedarse callado porque alguien más va a decir algo”. Ambos son anfitriones de Hotspot, una productora de eventos que, dadas las circunstancias, ha paralizado sus funciones.

Ambos se han acostumbrado a las fiestas por web cam, aunque los dos llegaron de formas muy distintas. Felipe dice que él ya estaba acostumbrado a hablar por medios así “porque así conocí a mi primer pololo, por Chatroulette (una app para hablar por webcam con personas aleatorias)”. Para su compañero fue algo más necesario, pero que le ha traído resultados muy sorprendentes. “Ahora hablo con mis hermanas por Zoom todos los días, cosa que antes no hacía. O sea, el otro día fui sumando amigos, a ellas, y hasta terminamos hablando con el suegro de un amigo, que está en el sur. Se llevaron tan bien que los dejé ahí y me fui a acostar y siguieron una hora más entre ellos”, cuenta Roberto.

Cartuchos, muy cartuchos

“El chileno es mucho más cartucho. Por eso no baila”, dice Montserrat Zamora (23), poco después de terminar de dictar una clase de inglés por Zoom. (El autor quiere decir que la plataforma china efectivamente está presente en buena parte de la vida diaria de los encerrados por Covid-19. De estas entrevistas, una fue hecha por ella. La planificación del tema fue hecha en ella. Cuando termine de escribir, el autor está seguro de que también volverá a ella para tomar con sus amigos, ninguno de los cuales figura en esta nota. No por nada las acciones de esta app de videollamada han escalado en 229% desde el 2019, pero ese no es el punto de la nota, aunque el autor insiste remarcar el punto de lo casi imposible que parece ser escapar de sus tentáculos)

Todos los sábados, la Bresh se vuelve viral por sus fiestas a distancia

Mientras tanto, desde Buenos Aires y con amor (y sin fernet, por consuelo de tontos) llega una apuesta tan extraña como obvia y entretenida: la Bresh en Casita, quienes ya llevan nueve eventos exitosos. La idea: por medio de Instagram ellos hacen el live de sus djs poniendo la música que pondrían en la fiesta. Sus asistentes se conectan y, aparte, hacen un zoom con sus amigos, o con desconocidos que acepten entrar por el chat del live, o un par de likes y listo. ¿El resultado? Miles de personas se conectan cada sábado a lo que es la fiesta más prendida de la capital trasandina. Ya van tres sábados que han logrado ser números uno en los trending topics argentinos. Acá todavía ninguna productora se ha lanzado a esas aguas.

“He visto los lives de algunos djs buenos, que han adaptado sus casas para tocar, y piola. Pero no prende pa bailar con amigos”, dice Matias Frede (26), desde La Serena. Dice que un par de veces ha estado con su hermano viendo los sets, que se han tomado un par de tragos, pero que no es lo mismo que salir a bailar. Nunca ha pensado en organizarse con amigos para imitar el formato de la Bresh.

“Yo daría todo por estar ahora en la fila para entrar a Onasiu o cualquier otro lado. Onda de verdad preferiría estar haciendo la cola que estar así”, dice Athenea.

“No es lo mismo. Lo que más extraño es ponerme ropa fina y jotear”, dice Rafael. Y no está solo en eso. En lo de arreglarse. Antonia de la Maza (22) dice que entra a Houseparty todas las noches a estar con sus amigas. Cada una se hace su trago y conversan y lo pasan bien, pero perdieron el “ritual de arreglarse para salir”, dice. Y es que lo de vestirse en cuarentena es también un tema. “Estoy muy chato de usar buzo todo el día todos los días”, reclama Andrés.

Calu Rivero es actriz argentina y está radicada actualmente en Nueva York. En un conversatorio sobre el tema «Vestir en la cuarentena» dijo que «su placard es todo para salir. Cuando empezó la cuarentena sentí la necesidad de usar básicos, tonos cálidos y blancos. Elegí una forma de vestirme acorde a mí necesidad, pero extraño salir. No vestirme para salir por la ciudad o lo que demanda mi trabajo, en el que estoy acostumbrada a moverme por el mundo y cambiar constantemente».

Yo NO perreo sola

“Las únicas dos veces que me han metido en un Zoom he fingido que se me cae el internet y me salgo”, dice María Luisa Córdova (33) escritora, periodista y mujer feliz de estar alejada del resto por la cuarentena. “Yo odio las videollamadas. O sea, tengo WhatsApp por motivos laborales, pero si pudiese borrarlo, lo haría. Paso todo el día leyendo tragedias en el celular como para escuchar más tragedias del resto al otro lado de la pantalla. Para eso abro el vino y me lo tomo viendo algo en Netflix, sola”, dice. Y cuando le pregunto si no le dan ganas de perrear sola, se larga a reír un buen rato. “¿Es en serio? No”, dice, poco antes de colgar.

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