El juego del año

El videojuego Hades está recientemente nominado al premio Juego del Año, y con justo motivo. Es uno de las pocas cosas buenas que han salido del 2020. La premisa es que uno maneja a Zagreus, el hijo del dios del inframundo Hades, quien trata de escapar del reino de su padre para encontrar a su madre.

Este juego tiene la peculiaridad de que la muerte de Zagreus es una constante y el juego no se reinicia, sino que el resto de los personajes que pululan por el inframundo reconocen la constante muerte y resurrección de Zagen sus intentos de escapar. Las salas generadas aleatoriamente, así como el sistema de recompensas y enemigos, hacen que nunca dos intentos de escape sean iguales. Yo ya he invertido 25 horas en Hades y todavía no logro derrotar al dios del inframundo.

Y es difícil no encariñarse con Zag. Cada vez que falla tiene una línea motivacional para seguir adelante, conserva un sentido del humor y del deber formidables, y nunca pierde de vista su objetivo final.

Es apropiado que Zagreus represente la reencarnación, porque en este número final me voy a permitir una cursilería y lo voy a comparar con los integrantes del El Fénix.

Todos hemos hecho lo mismo una y otra vez, pero como esto es periodismo, existe la magia de que nunca dos días fueron iguales. Nunca dos temas, incluso siendo el mismo tema, son iguales. Sí, tal vez el taller de diario fue un poco nuestro Tártaro, pero también llegamos al Eliseo. Nunca logramos salir del inframundo, es cierto, pero vimos el nacimiento del Estigia.

Y nos caímos. Todos. Sin exclusión. Todos escribimos una nota fatal o nos vimos de cara con el editor y diciendo “no me están respondiendo las fuentes”. Todos hicimos una nota chapucera. Todos dijimos, algunos más fuertes que otros, ya basta y me rindo.

Pero también tuvimos nuestros días perfectos. Todos tenemos esa nota que parecía un duelo titánico y salimos victoriosos. Todos degollamos a nuestras hidras. Por eso me gusta tanto Hades y por eso me gusta tanto el periodismo: lo aleatorio. Nunca un día va a ser igual que el otro. Nunca todo va a salir como lo planeaste. Todo es sobre la marcha, y como tres revoluciones pasadas, y bien apurado. Aquí el que se relaja se muere y el que no aprende a relajarse se mata. Hay que aprender de los errores, seguir avanzando, y esperar que la próxima sala tenga la recompensa que nos sirva para poder salir del inframundo. O volver a los salones de los muertos, sacudirse la sangre del pelo y volver a empezar.

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